EL FÚTBOL COMO MANIFESTACIÓN ESTÉTICA Y POLÍTICA
- Ser Stones

- 10 ago 2020
- 15 Min. de lectura
Actualizado: 22 oct 2020
lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y a las obligaciones de los
hombres, se lo debo al fútbol”.
A. CAMUS.
El propósito de este texto es analizar el influjo de las expresiones que tienen lugar en torno al fútbol y algunas implicaciones en la sensibilidad de las personas que de este fenómeno hacen parte. La tesis central que se sostiene es que el fútbol, más allá de ser un fenómeno mundial de mercado perteneciente a las dinámicas neoliberales de la industria del espectáculo, representa una forma de goce estético y expresión política en medio de una sociedad que le rinde, tanto culto como repudio.
Eduardo Galeano, en su obra El fútbol a sol y sombra, comienza diciendo que el fútbol se parece a Dios en cuanto la devoción que le profesan muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. El desprecio de muchos intelectuales conservadores afirma, “se funda en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece” (1995, p. 9). El ejercicio del pensamiento, el cultivo del espíritu y el recatado gusto, dan paso a la irreflexión, la excentricidad y la bajeza propia de la plebe ignorante, parece escucharse por los pasillos de los exclusivos nichos del saber.
Asimismo, los intelectuales de izquierda “descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria” (ibíd.). El fútbol no es más que opio del pueblo que aliena al hombre que se encuentra bajo su hechizo. Y en algunas ocasiones se convierte en cortina de humo para ideologías opresoras que se valen de él para organizar sus estrategias políticas. Sin mencionar las dinámicas de poder que se tejen bajo la forma de contratos de jugadores, taquillas, traspasos, transmisiones y demás dinámicas todas propias de las lógicas del mercado más despiadado del capitalismo. En últimas, pareciera ser que el fútbol no es más que el juego de los monopolios políticos y económicos para implantar sus formas opresoras de poder de manera más o menos silenciosa.
En efecto, la pelota a rodado en el campo de la política en cada época. El fútbol, confundido en muchos momentos históricos con la patria, en su devenir se manifiestan prácticamente atados; y con frecuencia los políticos y los dictadores de cada época han especulado con esos vínculos de identidad. Por mencionar un ejemplo, Mussolini, quien veía el fútbol como una herramienta clave para crear la unidad nacional y obtener prestigio internacional, y con el cual creó toda una estrategia política que vinculó tanto jugadores como aficionados, víctimas y victimarios. Los Estados se involucran en los partidos como lo hiciera este dirigente del fascismo, que llegó a intervenir en el desarrollo de la Copa Mundial de 1934, y Hitler en los Juegos Olímpicos y la Copa de 1938. El fútbol convertido en arte de propaganda porque tenía como fin práctico la transmisión de un mensaje político prefijado” (Mósquera, p. 163).
A su vez, el fútbol también ha sido vehículo privilegiado para el racismo. En épocas anteriores, donde la discriminación era latente, el fútbol sirvió para perpetuar los modelos excluyentes, postulando en el jugador número 10 los atributos que le eran propios a la raza suprema. El equipo vencedor era, no solo el que anotara más goles al final del campeonato, sino aquel que personificaba el ideal de hombre superior a las razas que no eran dignas de ganar un título, ni mucho menos pertenecer a la sociedad.
Por otra parte, la violencia de toda índole también estuvo y está ligada al fútbol de todas las épocas. Ya por medio de la discriminación racial o de género, por alianzas políticas o simplemente por la pertenencia a una escuadra que se siente la única digna de sobrevivir, ignorando que sin el rival no tendría sentido su permanencia. Latinoamérica lo heredó de Europa, y como aquí todo llega tarde, justo cuando allá estaba pasando el fenómeno y el fútbol se hacía cada vez más cultural y civilizado, en Latinoamérica empezaba a crecer como una ola de violencia imparable que desbordaba todos los espacios sociales.
Así, Latinoamérica fue nuevamente un mal remedo de Europa con Argentina, y Colombia un mal remedo criollo de los gauchos. De allí se trajo no solo los cantos, las banderas y el papel picado, sino también la violencia que les caracteriza. Chicos de barrios marginales empezaron a encontrar una salida, un canal por donde filtrarían su vulnerabilidad, el abonado del Estado, la opresión de los poderes económicos y la indiferencia de una sociedad individualista. El hambre, la pobreza y la falta de oportunidad, fueron elementos que se mezclaron en las florecientes barras colombianas.
Paradójicamente, un deporte seguido por la gran masa, por muchachos excluidos del “progreso” económico y por la clase trabajadora que son, en su mayoría los que copan los estadios, resultó ser una útil herramienta de los grandes capitalistas. El fútbol pasó de ser el espacio de encuentro lúdico y vital, tan necesario en el despliegue del espíritu del ser humano, que hace reír y gozar como el niño que juega movido por espontaneidad y la felicidad que supone tal ejercicio, a ser industria de entretenimiento. Curiosamente mientras más se vuelve espectáculo, menos se practica entre los espectadores. Y si es espectáculo es rentable, y si es rentable, deja ya de ser actividad vital y se convierte en máquina productora de dinero que, a semejanza del rey midas, todo lo que toca lo convierte en mercancía.
Por esta razón, hay cada vez menos espacio para la improvisación y la espontaneidad creadora. “Importa el resultado, cada vez más, y cada vez menos el arte, y el resultado es enemigo del riesgo y la aventura” (p. 56). “Ley del mercado, ley del éxito” convierte tanto a jugadores como espectadores en artículos de consumo. El espectáculo del fútbol es el gran negocio de los accionistas y pequeños socios de los clubes, pero también de las grandes compañías que llenan las pantallas con sus productos.
Bajo esta dinámica, los jugadores se convierten en mallas publicitarias vivientes. “Los jugadores de fútbol más famosos son productos que venden productos. En tiempos de Pelé, el jugador jugaba, y eso era todo, o casi todo. En tiempos de Maradona, ya en pleno auge de la televisión y de la publicidad masiva, las cosas habían cambiado” (1995, Galeano, p. 59). De esta manera, cuando un equipo alza la tan anhelada copa, no solo la alzan los once guerreros, sino las marcas de sus camisetas, pantalonetas y guayos. Sus logotipos se han vendido bien y así se podrá poner no solo un título más en la vitrina, sino unos millones más en los bancos.
Pero esto tiene un precio más grande que el que se deposita en las cuentas bancarias. Es la cosificación de los jugadores y el desajuste emocional y psicológico por el que los hacen pasar los magnates del fútbol. El éxito espectacular de Ronaldo, afirma Galeano, “le permite facturar mil dólares por hora, incluyendo las horas que duerme. En el Mundial del 98, a los veintipoquitos años de edad, Ronaldo sufrió una crisis temprana, convulsiones, ataque de nervios. Dicen que la presión de Nike lo metió a prepo en la final contra Francia. El hecho es que jugó enfermo, y no pudo exhibir como debía las virtudes del nuevo modelo de botines, el R-9, que Nike estaba lanzando al mercado por medio de sus pies” (1995, p.59).
El jugador es un fetiche más, una mercancía manipulada por la industria futbolística. Se le vende la idea del éxito y el bienestar, y ciertamente lo consigue, pero a este precio. Lo que en su tiempo fueron los capos del narcotráfico, quienes representaban ese ideal de bienestar, dinero fácil y rápido en el marco de la ilegalidad; ahora lo son los grandes ídolos del fútbol quienes bajo el marco de la legalidad representan el nuevo ideal de dinero fácil y rápido y en cantidades escandalosas, al buen estilo de los capos. ¿Será por esto que los periodistas especializados hablan cada vez menos de las habilidades de los jugadores y cada vez más de sus cotizaciones?
“Los dirigentes, los empresarios, los contratistas y demás cortadores del bacalao ocupan un espacio creciente en las crónicas futboleras. Antes, los «pases» se referían al viaje de la pelota de un jugador al otro; ahora, los «pases» aluden más bien al viaje del jugador de uno a otro club o de un país a otro.” (1995, Galeano, p. 59). El capitalismo establecido juega una vez más sobre la condición humana para extraer ganancias exorbitantes a costa de sus trabajadores, que en este caso son los futbolistas. Y, aunque estos también reciben cifras escandalosas, son una minoría teniendo en cuenta la totalidad, y los que lo hacen pagan el precio de su cosificación y del éxito desbordante que luego los diluye.
Todo lo anterior parece dar razón a los intelectuales, tanto conservadores como de izquierda. El fútbol, tal y como ocurrió en Rusia cuando el arte se vio obligado a dejar un poco de serlo para “fundirse con la actividad política y propagandística” (Mosquera, p. 189), aparentemente solo cumple una función puramente instrumental en las manos de los poderes capitalistas y las ideologías de los gobiernos de turno. Pero lo cierto es que no todo es negativo. Ya el marxista italiano Antonio Gramsci, elogió “este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.
En efecto, el fútbol conserva un principio de solidaridad y sentido comunitario originario. De la inclusión y participación de cada uno de los jugadores depende la derrota o victoria del equipo. Inclusive, esto va más allá del campo deportivo, involucrando al cuerpo técnico, directivos e hinchas. Un buen ejemplo de esto ocurrió en Brasil con uno de sus clubes más representativos, el Corinthians:
En el Corinthians de aquel entonces todo se decidía por consenso: la comida, la alineación, las contrataciones, las dimisiones, los momentos para entrenar; se eliminaron las concentraciones y se defendió con pasión futbolera el irrestricto respeto a todo aquello que los jugadores hicieran fuera de las canchas. Y lo mismo, para tomar todas estas decisiones, votaba el peor de los suplentes como el más linajudo de los directivos: la democracia corinthiana es un diáfano ejemplo de autogobierno colectivo y de respeto a la autonomía individual que, para probarnos que esos atributos no se riñen con la victoria, participó de la consecución del Corinthians de los campeonatos de los años 82 y 83 y de la elección de Sócrates como mejor jugador sudamericano de 1983. (2014, Flores, A.).
Sócrates, curiosamente así llamado el jugador y gran mentor de este proyecto, demostró que podían desprenderse de los poderes y privilegios en procura del bien común. Lo que demuestra que a nivel micro existen prácticas de resistencia, frente a la lógica individualista y mercantil de la industria futbolera. Las cosas nunca están prefijadas en la vida, y tampoco en el fútbol. Sócrates, es un claro referente de que “las cosas pueden cambiar, y que la democracia nos hace aprender a respetar la diferencia sin jamás aceptar las desigualdades”. Así, lo que pudo ser un dispositivo de poder en favor del capitalismo, se convirtió en un arma de resistencia en manos de la democracia.
También, es desconocida la ligazón entre fútbol y revolución de los clubes latinoamericanos. La mayoría de estos fueron fundados por movimientos obreros, por dirigentes anarquistas y partidarios de izquierda, que encontraron en este deporte no solo una forma del despliegue de sus dimensiones humanas, sino que también una forma de resistencia a las políticas reduccionistas de las condiciones materiales a los que los sometía el gobierno de turno. En Argentina,
muchos equipos de barrio fueron fundados por anarquistas de la época. Por ejemplo, el Argentinos Juniors se llamó en sus primeros años de vida Club Mártires de Chigago en homenaje a los trabajadores anarquistas que fueron asesinados por la patronal y las autoridades en dicha ciudad yanki a finales del siglo XIX por reclamar condiciones dignas de trabajo y las 8 horas de jornada laboral diarias (esas que ahora disfrutamos todos). También podemos citar al Porvenir, de la misma corriente ideológica o al más conocido Chacarita Juniors que nació un 1 de Mayo de 1906 en una biblioteca libertaria. Más aún, el Newell´s Old Boys fue fundado en homenaje a Newell, otro militante anarquista. ¿Sus colores? Nuevamente el rojo y el negro. El Club Atlético Peñarol es el más ganador del fútbol uruguayo. Tiene su origen en el barrio Peñarol, un barrio que nació al costado de las vías ferroviarias de Montevideo. Peñarol pasó entonces a ser el club representativo de los trabajadores ferroviarios. En la Tercera División de Chile se desempeña el Club Deportivo Arturo Fernández Vial. Ha sido el primer club chileno, sin ser igualado hasta hoy, en ascender desde el fútbol amateur (Tercera División) al profesionalismo (Segunda División) y llegar de inmediato a la Primera División de manera consecutiva en dos campeonatos. Fundado en 1897 como Club Deportivo Ferroviario Internacional por los trabajadores de la Maestranza de los Ferrocarriles del Estado residentes en la ciudad que decidieron agruparse. En 1903 cambia su nombre al actual, empezando a llamarse con el nombre del Contraalmirante Arturo Fernández Vial, aquel que fue enviado por el Gobierno a reprimir a los trabajadores ferroviarios que estaban en huelga pero terminó desobedeciendo a sus superiores e intercedió a favor de los obreros, solucionando sus problemas sin derramamiento de sangre. (2011, La historia del fútbol obrero)
Por otro lado, el fútbol también ha hecho parte de las manifestaciones estéticas de cada época. Así como en los periodos de la gran revolución rusa, bajo “la dura realidad cotidiana de la guerra civil y del periodo de reconstrucción, las fiestas encarnaban y concentraban el sueño de un porvenir más luminoso, y eran vividas como una suerte de modelo de sueño"
(Mosquera, p. 166); el fútbol logra crear una atmósfera alternativa de comunidad, apoyo, unión y fuerzas que se compaginan bajo un ideal común; aunque el sistema establecido luche por mantener los valores contrarios.
El efecto artístico de la fiesta revolucionaria rusa se produjo gracias a una concordancia entre la ordenación de espacios urbanos y el desenvolvimiento de las fiestas mismas, así como de las evoluciones programadas y espontaneas del conjunto de sus participantes. En las tribunas, donde cada uno forma parte del conjunto de representaciones, intensifican la unión y la fuerza que los convoca a expresar el sentimiento que los une bajo los colores de su escuadra. Cabe señalar que incluso, contrario a lo que en su momento permitió la vanguardia rusa, la cual “siempre conservó una personalidad muy fuerte en sí misma, imponiendo el centralismo autoral aun en los eventos con participación masiva”; la tribuna se convierte en el jugador número 12, y con la voz, con el cuerpo y los materiales decorativos entra en escena, formando parte de un todo orgánico de eso tan criticado como soñado llamado fútbol.
En las festividades revolucionarias, “los participantes portaban, además de banderas, carteles, retratos, pancartas o figuras satíricas, obras representando los productos de su trabajo” (Mosquera, p. 168); en los carnavales futboleros la lista de utensilios se extiende haciendo aparecer una variedad de elementos que, en parte se transforman y en parte se combinan, para hacer aparecer una apuesta original que sintetiza el contenido del mensaje y la grandeza del equipo.
En el tiempo de la revolución rusa todas las formas de arte propaganda tenían por objetivo hacer brotar reacciones activas en los participantes en la fiesta, y estimular en la medida de lo posible la iniciativa artística del público. En este caso, el arte del fútbol hace brotar también reacciones activas en sus seguidores. Desde la aerografía, la pintura, la composición musical, la coordinación masiva para representar símbolos a gran escala, y una variedad de movimientos sociales que, “como una grandiosa metáfora de numerosas implicaciones, como un programa emocional e ideológico que se expresa por los medios del arte”, se configura la sensibilidad de cada participante.
Un espectáculo que, si bien no es artístico en el sentido pleno de la palabra, por lo menos si estético en la medida que los actos festivales y eventos deportivos desenvuelven una participación colectiva disciplinada y dirigida bajo la coordinación de especialistas, cuya forma visual es profundamente impactante, así como su influjo emocional tan fuerte que logra estremecer a quien allí se encuentre, así no sea partidario de ningún equipo. Los encuentros, como dice una canción, no solo se ganan en la cancha sino en los tablones. Así que se aprovecha toda la creatividad y, si en principio, fue un remedo mal logrado del fenómeno argentino, en Colombia la originalidad de las “barras” sigue ganado terreno en este sentido.
El uso de los plásticos para formar toda una serie de figuras a gran escala, por ejemplo, fue una iniciativa creativa de la Guardia Albi Roja Sur, barra del equipo de la capital colombiana y, aunque la bandera no es un invento, y ni tan siquiera reciente en la historia del fútbol, por lo menos el hecho de tener una de las más grandes del mundo y tejida por ellos mismos, es todo un orgullo y experiencia estética a la hora de su exhibición. Algo semejante pasa con los cantos. Si bien es cierto en un principio eran la copia de la cumbia villera argentina; ahora se utiliza la cumbia Colombia, y se hacen los arreglos musicales con los grupos autóctonos y representativos de los diferentes territorios del país, entre un sin número de manifestaciones de voluntad colectiva que hacen parte de las manifestaciones estéticas que hacen parte de la cultura futbolera del territorio nacional.
La vitalidad que trae consigo este deporte, por tanto, no se evidencia solo en la cancha, sino que va más allá de ésta, llegando a las tribunas y desbordándose en las calles, en el corazón de la ciudad, creando diversos modos de vida y de relaciones humanas particulares. Basta con ver los proyectos del barrismo social colombiano. Aquí, cada equipo maneja una serie de actividades sociales que incluyen la creación artística y técnica en varias manifestaciones: grupos musicales, danza, teatro, pintura, aerografía, estampado, fabricación de sudaderas y camisetas deportivas, así como gorras y llaveros; tejen y pintan sus propios “frentes” y banderas; crean escuelas de fútbol, etc.
Es el caso de la fundación Juan Bermúdez Nieto que, conjuntamente con otras apuestas de barrismo social, desarrolla un trabajo de prevención de violencia, de participación, promoción de los derechos humanos y organización social y juvenil alrededor del fútbol en la ciudad de Bogotá, proyecto se articula a un proceso nacional denominado Colectivo Barrista Colombiano. Toda una apuesta por la integración de los grupos marginales a la sociedad por medio del arte y la cultura. Allí, se crean espacios de dispersión y se fomentan oportunidades de progreso, al tiempo que se intervienen los ciclos de guerra y violencia desde el corazón de las familias, como en las relaciones sociales en las que se suscriben. Y todo ello sin nombrar los grupos urbanos y movimientos populares que, desde el interior de la barra, aprovecha la gran masa y movilizan sus ideales progresistas a ritmo de redoblante y candor político.
Por tanto, es impreciso señalar al fútbol como culpable de todas las alienaciones y perpetuar la estupidez humana, como algunos se empeñan en sostener. Los entramados ideológicos y las estructuras de poder no se ocultan bajo la sombra de la pelota, sino bajo la oscuridad de la enajenación y la ignorancia. Los partidos políticos o los poderes económicos no están pensando milimétricamente todo el tiempo en cómo y cuándo pasar un partido de fútbol para tapar su proceder y seguir explotando al pueblo.
Esto es solo una queja inconsecuente de aquel que no entiende que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Comprender que la estupidez no comienza y termina con el fútbol, sino que, como diría Kant, lo es por culpa propia, porque así se ha querido, que la estupidez y la ignorancia anidan allí donde no hay disposición y ánimo para servirse del propio entendimiento y salir de la minoría de edad; que vivimos en un mundo globalizado donde la necedad también se globaliza y donde la estupidez se cultiva con fútbol o sin él.
Al insensato se le puede quitar dicho deporte, y buscará novelas en la tele, concursos denigrantes, revistas superfluas, cerveza, tejo o cualquier medio de entretención que lo evada de pensar. Es ingenuo creer que si se erradicará este deporte de la tierra desaparecería la ignorancia, la alienación y todos buscarían afanosamente los libros, el saber, la reflexión crítica y los cambios en las estructuras de poder que generan la injusticia.
No, quien cultiva el espíritu crítico y se siente inclinado por los cambios sociales y la promoción de los derechos humanos no es aquel que nunca vio fútbol o quien que, cual monje del cogito ergo sum, supo huir y refugiarse de la “tentación pecaminosa” del desenfrenado y excéntrico mundo del deporte. La realidad es que el necio o el prudente, el intelectual o el ignorante, no lo es necesariamente por este fenómeno. El fútbol es como el cuchillo en manos del chef y el asesino, sirve tanto para hacer bien o mal, pero en sí mismo no es malo. No es ni el causante de la buena sazón o de la muerte del inocente, sino una herramienta en manos del hombre que, o le hace más grata la vida, o puede hacérsela más amarga, e incluso aniquilársela.
Por lo tanto, es insensato no darse cuenta de que la violencia que anida en el corazón de las barras es consecuencia de un Estado que abandona a sus ciudadanos, que les viola sus derechos fundamentales y los priva de las oportunidades de un futuro mejor y más humano. A un pueblo que se le margina del progreso, se le cierra las oportunidades y se le resta protagonismo, no se le puede pedir cordura y buen comportamiento, y menos cuando encuentra acogida en un grupo masivo y también afectado por tales desigualdades. Y a su vez, es ceguera no ver que el fútbol va más allá del frenesí de la masa enardecida, o de la superficialidad de quien no ve más que veintidós hombres corriendo detrás de una pelota.
No han faltado ni faltarán presuntuosos, con aires de intelectuales o progresistas, que condenen este fenómeno como un maleficio casi a nivel del capitalismo mismo, o una superficialidad propia de la plebe inculta e ignorante. Pero una ojeada a su historia confirmará que lejos de tal cosa, el fútbol es una manifestación estética y política con hondas implicaciones en las relaciones humanas y sociales que han configurado ciudadanías en resistencia a las lógicas dominantes; y que si bien, hoy hace parte de las estructuras de poder de uno de los negocios más lucrativos del mundo, también representa la posibilidad de construir otros mundos posibles basados en el principio comunitario de solidaridad. En este sentido el fútbol no es el opio del pueblo, sino el orgullo de la clase obrera, música del cuerpo y fiesta de los ojos de la única religión que, como diría Eduardo Galeano, no tiene ateos.
Referencias
Flores, A. (2014). Futbol Rebelde. Sócrates y la democracia corintiana. Disponible en: http://www.futbolrebelde.org/blog/?p=5704/
Fundación Juan Manuel Bermúdez Nieto. Barrismo Social. Disponible en: https://fundajuanmanuelbermudeznieto-us.tumblr.com/
Galeano, Eduardo. (1995). El futbol a sol y sombra, Madrid: Siglo Veintiuno Editores.
Hinchas críticos y libertarios. (2010). La historia del fútbol obrero. Disponible en: http://hinchasantifascistas.blogspot.com.co/2010/08/primer-foro-barrismo-social.html/
Mosquera, Gerardo. El diseño se definió en octubre. S. N.
El mal pensante. Balón Rojo. Disponible en: http://elmalpensante.com/articulo/3207/balon_rojo/














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