top of page

LA VIDA ES UNA TÓMBOLA

De nuevo la locomotora se alojó dentro de mí, esta vez oxidada y clavada en la carne. El mar con su salinidad me asfixia y el sol de la mañana me pega tan fuerte que la piel ya implora redención. Esta noche, que tiene visos de sobrecogimiento y de fantasmagoría, siento mientras camino en medio de cuadras mojadas por la lluvia vespertina, cómo un silencio indescriptible poco a poco me rodea el cuerpo y me recorre de los pies a la nuca. Pero este no es como los silencios que se cernían sobre mí en mis primeros días de trabajo, es especial y tenebroso como ningún otro.


Camino 4 pasos hacia el frente y me encuentro con la puerta principal del apartamento. Las llaves me las entregó su sobrino apenas acudí al lugar. Él esperaba afuera, fumando y seguramente con un hueco en el alma por su partida y por todo lo que se le venía encima, dinero, angustia, noches inconclusas, trámites notariales y policiales, encuentros indeseados e innecesarios. No quiso entrar.


Inserté la llave en la cerradura, entramos junto a mi compañero de turno, encendimos las luces y aparecieron ante nosotros los primeros retazos de la desesperación y el sin sentido. Ceniceros llenos de colillas, olor a tabaco pasado, copas desechables de aguardiente regadas, el piso chorreado de tinto seco… Al fondo, divisamos una mesa de comedor de cuatro puestos, encima de ella un reloj de mano marca Casio, un recipiente de comida con hongos y con los cubiertos rebosantes de esas sobras desvencijadas y una caja de aguardiente a menos de la mitad.

ree

¡Calma! La tómbola comenzaba con un nuevo giro!


Recuerdo que mi oficina quedaba cerca al parque Tercer Milenio, trabajaba en el Instituto de Medicina Legal hacía 16 años y vivía en Villa de los Alpes, arribita del 20 de Julio. Tenía una moto en la que me movía y aún era novio de Carmen, la nenita de la U con la que siempre andaba. Ella la conocía, estudiaron juntas Sociología, eran muy amigas. Las visitas que le hacíamos eran regulares, sin embargo, desde que le llegó ese maldito dinero por las propiedades que su difunto padre tenía en Paraguay ella desapareció.


Un sábado decidimos ir a verla, pues hacía varios días no hablábamos con ella. Cuando tocamos la puerta de la habitación donde dormía nadie nos abrió. Uno de los vecinos, otro alcohólico solitario, nos dijo que hacía 3 días se había ido, que había pagado sus deudas en la tienda donde le fiaban el atún y el arroz con el que se alimentaba de vez en cuando y se había alejado con sus libros y con su gato sin dar explicación alguna. Apenas salimos de la pensión yo miré a Carmen, ella me miró, y juntos sonreímos como pensando en que aunque esa vieja amiga que tanto apreciamos, medio depresiva, medio psicótica, brillaba hoy por su ausencia, sus noches de frío, de hambre y de terror en esa casucha horrible en la que vivía, habían terminado.


Uno de sus hermanos, que nunca conocí, era el que le ayudaba con la pieza y con el mercado mensualmente cuando estaba vaciada y alcoholizada. Después de que terminó la universidad y de que su padre se desentendió de ella entró en un estado de abatimiento e inconsciencia de esos que estábamos acostumbrados a presenciar quienes la conocíamos. Se ponía irreconocible. No se bañaba, fumaba cigarrillo todo el día mientras leía, dormía en un colchón viejo y harapiento, no tomaba porque no tenía dinero y cuando se le antojaba, salía, bajaba sola a chapinero a caminar bajo la luna y de seguro conseguía algún chorrito en el parque de los hippies o donde una pareja de punks que conocimos una vez en un paro en la U y que vivían ahí en una pensión en la 13 con 54. Era solitaria pero muy locuaz y conversadora, su amor a la lectura, la poesía, las buenas pelis y el buen Funk se develaban en forma de discurso en aquellas noches que pasábamos al calor de unos tragos y de una buena conversación. Nos reíamos y declamamos poesía. Íbamos a las reuniones de la JUCO, caminábamos por la ciudad llenos de cerveza. Caminábamos por la ciudad llenos de cerveza.


Sin embargo, ahora todo era distinto. Luego del calor comenzó a llegar el frío, la implacable tormenta que se avecinaba había sobrepasado poco a poco la calma de este velero averiado ya por el sol y la tómbola de nuevo había girado con sus incógnitas y amarguras. Ahora, Carmen y yo sólo queríamos pensar que así no la volviéramos a ver , de seguro, su nevera se encontraba más llena, que ahora tenía una cama decente donde descansar ,un televisor para desinformarse, un lavadora, juegos de sala y comedor nuevos y que su vida en términos materiales hubiese mejorado.


Siempre supimos que esperaba ese momento en el que su vida no dependiera de lo que levantaba tejiendo y vendiendo sus mochilas los domingos en las pulgas del centro, en el que pudiera elegir entre comerse ese Salmón a la BBQ que tanto le gustaba y la pizza napolitana que le había enseñado a hacer su abuela en Santa Marta, entre dormirse o seguir tomando el trago que ahora podía disfrutar sin ningún tipo de recriminaciones. Sabíamos que apenas sucediera, la soledad nos la iba a arrebatar, el alcoholismo, el tabaquismo, la depresión y la sed de lectura acompañados ahora por dinero, la iban a absorber poco a poco, la iban a envolver en su maravilloso manto y la iban a transportar poco a poco a ese lugar tan deseado por ella. Ahora el erotismo y esa magia oscura que domina y ejecuta la luna sobre los poetas-amantes, vencidos y defenestrados por el sinsentido, ya no sería tan cruel. El momento llegaba y ahora lo podía recibir con algunas ofrendas, como se lo merecía.


Sin creerlo aún, su alma paupérrima y más despierta que muchas, se encontraba lista para recibir las fieras del anfiteatro romano. Se encontraba dispuesta para agasajar y calentar en sus brazos a la muerte, como aquellos gladiadores que preparaban sus músculos para para acoger la herida que les causaría la muerte en combate, una herida en el cuello que los inundaría en medio de la arena, el calor inclemente, el alboroto del público que asistía a los juegos y el honor.

ree

Para 1998, cuando comencé a trabajar con el CTI, e incluso antes de estudiar Criminalística en el instituto de la 45 con Caracas con ayuda de mis padres, tenía claro, o al menos eso creía mi alma juvenil e inocente, todo aquello que rodeaba la muerte. Yo sabía que todos íbamos hacia allá y que todos pensábamos de una u otra manera en ella, pero trabajar abrazándola en tu pecho, mirándola cara a cara, se sentía diferente, era a otro precio.


Seres extraños, ajenos, que un día salieron de su casa y que jamás volvieron al lado de los suyos se presentaban ante mi alma infantil e ignorante cada día y cada noche en mi trabajo. Padres, hermanos, hijas, sobrinos, jóvenes que en algún tiempo se despidieron con un beso, con un abrazo, con un dolor, con una palabra en pausa y de un momento a otro su existencia los arrastraba a otro rumbo, el alma volaba, se liberaba, caducaba. Sin embargo, el cuerpo quedaba ante mí, impertérrito y frío, cómo esperando a que yo me encargara de todo. En efecto debía hacerlo, era mi trabajo, el trabajo que amaba, que respetaba profundamente y que me daba para sobrevivir.


Aprendí poco a poco a desenvolverme como pez en la sangre, en escenas que algunos consideran desgarradoras, a flotar sin posibilidad de hundimientos en tiempos en los que la carne perforada y la desesperación recorrían y humedecían el pavimento y los campos enrojecidos por la misma ruina de una herida mortal, en los que los escondites homicidas se catalogan como escritores anónimos de un film de horror cualquiera y en los que algunas prendas rotas por el dolor y llenas de tierra fungen como testigos del silencio. Recuerdo mucho la historia del estudiante de Agronomía de la Nacho que estudiaban Marx y leía filosofía con nosotros y que fue desaparecido y enterrado por desconocidos en el Parque Nacional, supuestamente por vínculos con grupos armados, otro falso positivo. Esa tarde solo encontramos algunos huesos y un carnet de la universidad. Pobre hermana, como lloraba el día que lo encontramos.


En fin. Todo un telón mortuorio me comenzaba a acompañar en mi día a día y me comenzaba a constituir como profesional y como mortal.


Sin embargo hoy , 20 años después, esa llamada fría de Carmen me arrebató el poco calor que almacena mi cuerpo famélico y aturdido. Mi experiencia, mi carácter, mi amabilidad y mi disposición frente a la muerte, cosas de las que alardeaba con mis compañeros de trabajo, hoy tambalean de la misma manera que mis herramientas en la caja, el aire caliente de la inspiración y la espiración lenta, generada por el tapabocas y por mi angustia, me empaña cada segundo las gafas, el olor es bastante penetrante y siento que mi cabeza va a reventar. Dejó la caja en el suelo, camino hacia la habitación principal y abro la puerta. A lo lejos veo cortinas azules y las ventanas cerradas. Me percato que la cama está sin tender y el televisor apagado, la radio está prendida y desde ella sale El cacique y la cautiva de Oscar Golden. Me dirijo a la habitación auxiliar. Ésta se encuentra incólume, hay una foto en la mesa de noche, al parecer de su sobrino, una vela que la ilumina y una calma mística y acogedora en mitad de esa marejada ininteligible.


Como veo que no hay indicios evidentísimos de un crimen o una muerte, al menos en este lugar, me dirijo hacia el baño. El frío aumenta. La puerta está cerrada. Giro poco a poco la chapa y al hacer fuerza hacia adentro para abrirla, siento que un peso detrás de ella me lo impide. Por el rabillo del ojo alcanzo a ver el espejo del baño y sobre él reflejada una camisa de pijama rosada con manchas de sangre. ¡Está allí! Abrí la puerta con cuidado y, en efecto, allí estaba, Cinthya, mi amiga de infancia, mi espíritu gemelo, mi angelito. El pálpito de Carmen fue acertado.


Su cuerpo yacía en el suelo, amoratado, llevaba allí más o menos 4 días. Como vivía sola nadie se percató de su ausencia. En el suelo se observaba un tarro roto de Sinogan, algunas pastillas de Quetiapina y encima del lavamanos un pocillo con aguardiente. No tenía heridas de bala, pero si una herida corto punzante en su estómago causada por un cuchillo, y a su lado izquierdo, un charco de sangre que ya había resbalado por el sifón y se encontraba seco. Mi cuerpo se paralizó. Lo había hecho, ya había llegado la hora.


Me arrodillo, acomodo el cuerpo frio de Cinthya y aprieto su mano. En este momento único una lágrima rueda por mi mejilla y cae en su brazo derecho manchado de sangre, es ahí, justo en ese momento en el que me comienzo a sentir más extraño. El frío aumenta de sobremanera, mi otra mano comienza a temblar y mi mente se pone en blanco. Siento cómo detrás de mí, el cuerpo de un ser extraño me comienza a seducir con contornos coloridos. De repente, unas formas pesadas e incómodas se apoyan en mi espalda y poco a poco hacen girar mi cuerpo desde el hombro. El viento tóxico y liberador de la muerte me encara y me susurra al oído con una dulzura maternal lo sucedido allí en este baño.



ree

“No hay nada de qué preocuparse. Yo, la muerte, me he arreglado para ella y ella para mí. Aquí no hubo un suicidio, que quede claro, acaeció una velada romántica entre una enamorada y una completa seductora que terminó en la consumación de sus placeres y de sus dolores. Dos corazones vinculados y con sed de muerte disfrazada de amor habían decidido encontrarse, reconocerse e irse, escapar juntos para siempre, liberarse uno al otro, volar hacia la eternidad. Ahora no la lloren, celebren su muerte, pues ella mora y morará en el lugar que siempre deseó estar”.


Volteo mi cuerpo adolorido poco a poco, miro a mi compañero por unos segundos, le suelto mi mano a Cinthya y salgo del lugar. Me detengo ante toda esta disposición de objetos y pienso con tristeza en aquellas noches en las que seguramente esos entes detenidos en el tiempo la arrullaron o la abofetearon con su indolencia. En aquellas horas oscuras en las que esas sábanas sucias de su cama habrían servido de confidentes en medio de la tormenta y de la calma y habrían navegado junto a ella sobre ese mar de lágrimas engendrado por la soledad que la acompañó durante toda su vida. En esas cajas de cigarrillos, en esos litros de aguardiente, en sus maravillosos libros, en cómo sus preguntas habían sido espectadores violentos de aquel dolor que seguramente la persiguió noche a noche, como un asesino desgarrando su presa lentamente en la mitad de un bosque. En fin; quién sabe cuántas heridas fueron propinadas por esa daga infectada en su alma y cuántas de ellas fueron necesarias para apropiarse completamente de sus delirios, de sus culpas y de su propia vida.


¡La tómbola volvía a girar! Una nueva vida comenzaba a florecer en otro lugar. Montañas y ríos tocan ahora las obras clásicas más hermosas y poéticas mientras algunas risas pintan magistralmente el marco azul que se eleva hasta el fin.


Por: Felipe López Escalante.


 
 
 

Comentarios


Publicar: Blog2_Post
  • Facebook icono social
  • Instagram
  • Twitter
  • YouTube
  • Pinterest
  • Icono social de Spotify

©2020 por Ser Stones. Creada con Wix.com

bottom of page